La película cuenta con todos los protagonistas salvo, claro, el fallecido Ian Curtis. Están quienes formaron parte del grupo, quienes lo vieron desde la barrera y quienes contribuyeron a su implosión, amante de Curtis incluida. En esas condiciones, podría pasarle como a esas biografías autorizadas donde las aristas se han limado y todo acaba siendo anodino. Pero no: Grant Gee no cae en el error más simple, la idolatría. A él le encantan Joy Division, pero entiende que para contar su historia es necesario comprender también los lados oscuros de la banda.

Gee y Jon Savage, guionista del documental, han conseguido una película que funciona como un reloj: después de una extensa labor de documentación han conseguido entrevistas inéditas extraídas de aquellos años o filmaciones de conciertos realizadas por aficionados o fragmentos televisivos de las apariciones de la banda. Con ellas y con el relato de los supervivientes (incluso de Tony Wilson, jefe de Factory, que murió el pasado verano) el documental conforma el perfil y el relieve de la banda, pero también de la tragedia y cómo se sobrevive a ella.

Sólo falta en escena Deborah Curtis, mujer de Ian, pero también ella está presente: se recogen sus citas para no dejar sin voz a ninguno de los actores (secundarios o principales) de la historia del grupo. También es omnipresente Manchester, la ciudad sin la cual la banda nunca hubiera creado esos parajes desolados y que, a su manera (con sus paisajes a menudo postapocalipticos, con su influencia visual), también da su versión de los hechos.

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