Puede decirse que el acta de nacimiento del neorrealismo es la presentación de “Roma ciudad abierta (Roma città aperta)”, rodada con grandes limitaciones (por ejemplo, utilizando película muda y muchas veces caducada) entre 1944 y 1945 por Roberto Rossellini. La experiencia dolorosa de la guerra, el trauma de la ocupación y el espíritu de la resistencia encuentran aquí una eficaz representación, si bien con algún tinte populista-melodramático. El impacto es igualmente enorme y abre el camino a todas las grandes obras del trienio siguiente.

En “El limpiabotas (Sciuscià)” (1946), Vittorio De Sica muestra el daño causado por la experiencia bélica en el ánimo de los más débiles, los niños del proletariado. Con “Paisa (Paisà)” (1946), Rossellini da vida -en seis episodios de guerra y resistencia- a un fresco estilísticamente nervioso y fragmentado de la Italia estremecida del 44. En “Caza trágica (Caccia tragica)” (1947), Giuseppe De Santis recurre a modos espectaculares y novelescos para ambientar en el norte de Italia una agitada historia de bandidos y campesinos, tocada por un soplo épico-hollywoodiano.

Más tarde, mientras Rossellini cruza las fronteras para contar en “Alemania año cero (Germania anno zero)” (1947) la deriva moral de un país que se explicita en el suicidio de un niño, De Sica ofrece en “Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette)” (1948) – con la historia de un hombre común que no se resigna a la desocupación forzosa- la atendible pintura de un país suspendido entre esperanzas y frustraciones. Al mismo tiempo, en La tierra tiembla (La terra trema)” (1948) Visconti relee con maestría y actualiza en clave marxista “Los Malavoglia” de Verga, y De Santis recorre con la celebérrima “Arroz amargo (Riso amaro)” (1949) su vía personal hacia el cine popular-realista, llevando a las últimas consecuencias ciertas intuiciones gramscianas al mezclar valores sociales y melodrama, instancias progresistas y una explosiva carnalidad.

En tanto, la Historia sigue su curso: las elecciones de 1948 rubrican la clara derrota de la izquierda, relegada a la oposición tras el paréntesis post-resistencia. El clima cultural, por ende, empieza a cambiar: se inicia así el lento pero inexorable ocaso de la experiencia del neorrealismo, que producirá aún otra floración antes de marchitarse para siempre.

 

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