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El movimiento conocido como neorrealismo aparece en Italia en torno a la segunda guerra mundial. Su principal característica es que representa la vida de cada día, a mitad de camino entre relato y documental, muchas veces con personajes de la calle en vez de actores profesionales. La escasez de medios y la falta de platós disponibles después de 1944 obliga a rodar en las calles, a ambientar los largometrajes en escenarios auténticos. Esto se convierte en una suerte de sello del neorrealismo, que de tales aparentes limitaciones extrae una inusitada carga testimonial.

Otro rasgo sobresaliente es que el acento se desplaza del individuo a la colectividad, con visible predilección por una narración de tipo coral. Por último, aunque no menos importante, destaca el lúcido análisis de los hechos, con una crítica abierta a la crueldad o a la indiferencia de la autoridad constituida.

La acepción de “nuevo” realismo surge de la necesidad de subrayar el carácter en verdad inédito de la corriente. Porque algunas connotaciones realistas aparecían ya en películas italianas de la época muda, como “Perdidos en la oscuridad (Sperduti nel buio)” (1914) de Nino Martoglio o “Assunta Spina” (1915) de Gustavo Serena, y ciertas obras de Blasetti (sobre todo “Tierra madre (Terra madre)” y “1860”, respectivamente de 1931 y 1934) ambicionaban dar una idea del país menos ideal y adornada que la que pretendía el régimen.

Aunque la discusión teórica del movimiento fue inesperadamente acogida por las revistas “Cinema” (nacida en el 36 y desde el 38 dirigida por Vittorio Mussolini) y “Bianco e nero” (aparecida en 1937 y llevada durante casi quince años por Luigi Chiarini), las señales de un cambio inminente no se concretan hasta la aparición de algunas obras como “Cuatro pasos por las nubes (Quattro passi fra le nuvole)” (1942) de Alessandro Blasetti y “Los niños nos miran (I bambini ci guardano)” (1943) de Vittorio De Sica. Con una madre soltera, una esposa adúltera y un marido suicida como protagonistas, disuelven la forzosa y forzada capa de decoro y pundonor que caracterizaba a la cinematografía del Ventennio.

De quebrar definitivamente aquellos esquemas se ocupa Luchino Visconti con “Obsesión (Ossessione)” (1943), tórrida versión junto al río Po de “El cartero siempre llama dos veces” de James M. Cain. Irrumpe aquí en las pantallas, por fin, una Italia verdadera, habitada por la miseria y la desocupación, vejada por una policía fisgona y persecutoria. Pasión, traición y muerte son los hilos de una historia contada sin fingimientos ni temores. La censura se alza una vez  más y la película sufre -sobre todo en el norte de Italia- problemas de distribución. Pero la senda hacia un cambio de época ya ha sido abierta.

 

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